1929-1932: Capítulo 9. La paradoja de la revolución de Febrero, de la Historia de la Revolución Rusa.
(viene de pg. anterior)
En la insurrección participa de un modo directo la minoría
de la clase revolucionaria, con la particularidad de que la fuerza
de dicha minoría consiste en el apoyo o, por lo menos,
en la simpatía que la mayoría le presta. La minoría
activa y combativa impulsa hacia adelante inevitablemente, bajo
el fuego del enemigo, a los elementos más revolucionarios
y abnegados con que cuenta. Es natural que en los combates de
febrero ocuparan los primeros puestos los obreros bolcheviques.
Pero la situación cambia desde el momento del triunfo,
cuando empieza a consolidarse políticamente. A las elecciones
para cubrir los órganos e instituciones de la revolución
triunfante se llama a masas incomparablemente más extensas
que las que han combatido con las armas en la mano. Esto acontece
no sólo en las elecciones de los órganos democráticos
generales, como las dumas y los zemstvos, y más tarde la
Asamblea constituyente, sino también con los de clase,
como los soviets de diputados obreros. La mayoría aplastante
de los obreros mecheviques, socialrevolucionarios y sin partido
apoya a los bolcheviques en su acción directa contra el
zarismo. Pero sólo a una pequeña minoría
de ellos se le alcanzaban en qué residía la diferencia
que separaba a los bolcheviques de los demás partidos socialistas.
Al propio tiempo, los obreros todos establecían una línea
de demarcación bien definida entre ellos y la burguesía.
Esto determinó la situación política creada
después del triunfo. Los obreros elegían a los socialistas,
esto es, a aquellos que estaban no sólo contra el zarismo,
sino también contra la burguesía, y, al obrar así,
no establecían distinción alguna entre los tres
partidos socialistas. Y como quiera que los mencheviques y los
socialrevolucionarios disponían de cuadros intelectuales
incomparablemente más considerables, que afluían
a ellos de todos los lados y les facilitaban un número
enorme de agitadores, las elecciones, incluso en las fábricas,
daban una superioridad inmensa a estos grupos.
El ejército ejercía su presión en el mismo
sentido, pero con una fuerza incomparablemente mayor. Al quinto
día de la insurrección, la guarnición de
Petrogrado siguió a los obreros. Después del triunfo
fue llamada a participar en las elecciones a los soviets. Los
soldados elegían confiadamente al que estaba por la revolución,
contra la oficialidad monárquica, y que sabía expresarlo
bien: éstos resultaban ser los escribientes, los médicos,
los jóvenes oficiales de la época de la guerra procedentes
del campo intelectual, los pequeños funcionarios militares,
es decir, el estrato inferior de la "nueva clase media".
Casi todos ellos se inscribieron, a partir de marzo, en el partido
de los socialistas revolucionarios, que por su ideología
vaga era el que mejor respondía a la situación social
intermedia y a la limitación política de estos elementos.
Resultado de esto fue que la guarnición se revelase incomparablemente
más moderada y burguesa que la masa de los soldados. Pero
estos últimos no se daban cuenta de la diferencia, que
pronto había de exteriorizarse en la experiencia de los
meses próximos. Los obreros, por su parte, tendían
a fundirse lo más estrechamente posible con los soldados,
a fin de consolidar la alianza conquistada con la sangre y armar
de un modo más sólido a la revolución. Y
como en nombre del ejército hablaban principalmente los
socialrevolucionarios de nuevo cuño, esto tenía
que aumentar necesariamente a los ojos de los obreros el prestigio
de dicho partido, a la par que el de sus aliados, los mencheviques.
Así fue como surgió en los soviets el predominio
de los partidos colaboracionistas. Baste decir que hasta en el
soviet de la barriada de Viborg desempeñaron un papel preeminente
en los primeros tiempos los obreros mencheviques. En aquel período,
el bolchevismo latía aún sordamente en el subsuelo
de la revolución. Los bolcheviques oficiales estaban representados
aún en el soviet de Petrogrado por una minoría insignificante,
que, además, no veía con absoluta claridad sus objetivos.
Y he aquí cómo nació la paradoja de la revolución
de Febrero. El poder se halla en manos de los socialdemócratas,
que no se han adueñado de él por un golpe blanquista,
sino por cesión franca y generosa de las masas triunfantes.
Estas masas, que no sólo niegan la confianza y el apoyo
a la burguesía, sino que la colocan casi en el mismo plano
que a la nobleza y a la burocracia y sólo ponen sus armas
a disposición de los soviets. Y la única preocupación
de los socialistas, a quienes tan poco esfuerzo ha costado ponerse
al frente de los soviets, está en saber si la burguesía
políticamente aislada, odiada de las masas y hostil hasta
la médula a la revolución, accederá a hacerse
cargo del poder.
Es necesario ganar su conformidad a toda costa, y como es evidente
que la burguesía no puede renunciar al programa burgués,
somos nosotros, los "socialistas", los que tenemos que
abjurar de nuestro programa: correremos un velo de silencio sobre
la monarquía, sobre la guerra, sobre la tierra, con tal
de que la burguesía acepte el regalo del poder que le brindamos.
Y al mismo tiempo que realizan esta operación, los "socialistas",
como burlándose de sí mismos, siguen calificando
a la burguesía de enemigo de clase. Guardando todas las
formas rituales de los oficios religiosos, se comete un acto de
sacrilegio provocativo. La lucha de clases llevada hasta su últimas
consecuencias es la lucha por el poder. La característica
de toda revolución consiste en llevar la lucha de clases
hasta sus últimas consecuencias. La revolución no
es más que la lucha directa por el poder. Sin embargo,
lo que a nuestros "socialistas" les preocupa no es quitar
el poder al llamado enemigo de clase, que no lo tiene en sus manos
ni se puede adueñar de él con sus propias fuerzas,
sino, al contrario, el entregárselo a toda costa. ¿Acaso
no es esto una paradoja? Y esta paradoja tenía por fuerza
que causar asombro; aún no se había dado la revolución
alemana de 1918 y el mundo no era aún testigo de una grandiosa
operación del mismo tipo, pero realizada con mucho más
éxito por la "nueva clase media" acaudillada
por la socialdemocracia germana.
¿Cómo explicaban su conducta los colaboracionistas?
Uno de sus argumentos tenía un carácter doctrinario:
puesto que la revolución es burguesa, los socialistas no
deben comprometerse tomando el poder; que la misma burguesía
responda por ella. Esto sonaba a incorruptibilidad. En realidad,
era una máscara de intransigencia con que la pequeña
burguesía quería encubrir su servilismo ante la
fuerza de la riqueza y de la educación. Los pequeños
burgueses consideraban que el derecho de la gran burguesía
al poder era un derecho innato, independiente del balance de fuerzas
sociales. El origen de esta actitud radicaba en ese movimiento
casi instintivo que impulsa de la acera al arroyo para dejar pasar
al barón de Rotschild. Los argumentos doctrinarios empleados
no eran más que una especie de concesión con que
se quería contrapesar la conciencia de la propia insignificancia.
Dos meses después, cuando se vio que la burguesía
no podía de ningún modo mantener con sus propias
fuerzas el poder que le había sido regalado, los colaboracionistas
arrojaron sin empacho por la borda sus prejuicios "socialistas"
y entran en el Ministerio de coalición, no para sacar de
él a la burguesía, sino, por el contrario, para
salvarla; no contra su voluntad: en caso contrario, la burguesía
amenazaba a los demócratas con arrojarles el poder a la
cabeza.
El segundo argumento que se esgrimía para justificar la
renuncia al poder, sin ser más serio en el fondo, tenía
un aspecto más práctico. Nuestro conocido Sujánov
subrayaba en primer término la "dispersión"
de la Rusia democrática: "En aquel entonces, la democracia
no tenía en sus manos organizaciones de partido, sindicales
o municipales más o menos consistentes e influyentes:"
¡Esto parece una burla! ¡Un socialista que habla en
nombre de los soviets de obreros y soldados y no dice una palabra
de ellos! Gracias a la tradición de 1905, los soviets brotaron
como escupidos por la tierra y se convirtieron inmediatamente
en una fuerza incomparablemente más poderosa que todas
las demás organizaciones que después intentaron
rivalizar con ellos (los municipios, las cooperativas y, en parte,
los sindicatos). Por lo que se refiere a los campesinos, clase
dispersa por naturaleza, gracias a la guerra y a la revolución
aparecieron organizados como no lo habían estado nunca:
la guerra aglutinaba a los campesinos en el ejército y
daba a éste un carácter político. Más
de ocho millones de campesinos estaban organizados en compañías
y en escuadrones, que inmediatamente se crearon su representación
revolucionaria, por mediación de la cual podían
ser puestos en pie en cualquier momento a la primera llamada telefónica.
¡Tal era la "dispersión" proclamada por
Sujánov!
Podrá decirse que en el momento de resolver la cuestión
del poder, la democracia no sabía aún cuál
sería la actitud de las tropas del frente. No plantearemos
la cuestión de saber si había el menor motivo fundado
para temer o esperar que los soldados del frente, exhaustos por
la guerra, apoyasen a la burguesía imperialista. Baste
con decir que esta cuestión se resolvió plenamente
en el transcurso de los dos o tres días próximos,
que fueron precisamente empleados por los colaboracionistas para
preparar entre bastidores un gobierno burgués. "El
3 de marzo, la revolución era un hecho consumado",
dice Sujánov. A pesar de la adhesión del ejército
en pleno a los soviets, los jefes de éstos rechazaban con
todas sus fuerzas el poder, al que tenían tanto más
miedo cuanto mayor era la intensidad con que se concentraba en
sus manos.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué unos demócratas,
unos "socialistas", que se apoyaban directamente en
unas masas como jamás las ha conocido ninguna democracia
en la historia, masas que contaban por añadidura con una
experiencia considerable, disciplinadas y armadas, organizadas
en soviets, por qué, repetimos, esta poderosa democracia,
al parecer invencible, podía tenerle miedo al poder? Este
enigma, aparentemente indescifrable, se explica por el hecho de
que la democracia no tenía confianza en su propia base,
la masa les inspiraba miedo. No creía en la consistencia
de la confianza en sí misma, y lo que más temía
era la "anarquía", esto es, que al tomar el poder
se convirtiera, con éste, en un juguete de las llamadas
fuerzas elementales desatadas. Dicho en otros términos,
la democracia no se sentía llamada a dirigir al pueblo
en el momento de su impulso revolucionario, sino que se consideraba
el ala izquierda del orden burgués, un tentáculo
de este orden burgués tendido hacia las masas. Si se titulaba
"socialista", y aún se consideraba como tal,
era para ocultar no sólo a las masas, sino a sí
misma, su verdadera misión, y sin esta autosugestión
es lo cierto que no habría podido cumplirla. Así
se resuelve la fundamental paradoja de la revolución de
Febrero.
El primero de marzo por la tarde se presentaron en la reunión
del Comité de la Duma los representantes del Comité
ejecutivo Cheidse, Stieklov, Sujánov y otros, para examinar
las condiciones en que los soviets podían apoyar al nuevo
gobierno. Del programa de los demócratas quedaban totalmente
excluidas las cuestiones relativas a la guerra, la república,
la tierra, la jornada de ocho horas; todo se concretaba en una
reivindicación: conceder libertad de propaganda a los partidos
de izquierda. ¡Gran ejemplo de desinterés para los
pueblos y los siglos el de estos socialistas, en cuyas manos se
hallaba todo el poder de una nación y de los cuales dependía
por entero el conceder o no la libertad de propaganda a los demás
y que entregan el poder a sus "enemigos de clase" a
condición de que estos últimos les garantice a ellos...
la libertad de propaganda! Rodzianko no se atrevía a ir
solo a Telégrafos, y decía a Cheidse y Sujánov:
"El poder está en vuestras manos; nos podéis
mandar detener a todos nosotros." Cheidse y Sujánov
le contestan: "Tomad el poder, pero no nos detengáis
porque hagamos propaganda." Cuando se estudian las negociaciones
de los colaboracionistas con los liberales y, en general, todos
los episodios de las relaciones mantenidas en aquellos días
entre el ala derecha y el ala izquierda del palacio de Táurida,
parece como si en la escena gigantesca en que se desarrolla el
drama histórico del pueblo, una pesadilla de comediantes
de la legua, aprovechándose de un rincón que queda
libre, se dedicasen en un entreacto a representar un sainete vulgar
en ropas menores.
Los jefes de la burguesía -hagámosles justicia-
no contaban con esto. Seguramente no hubieran temido tanto a la
revolución si hubieran contado con esta política
por parte de sus jefes. Ciertamente que, de creerlo, también
se habrían equivocado, pero acompañando ya a éstos
en la equivocación. Temiendo, a pesar de todo, que la burguesía
no accedería a tomar el poder ni aun con las condiciones
propuestas, Sujánov plantea un ultimátum amenazador:
"Nosotros somos los únicos que podemos contener las
fuerzas elementales desencadenadas... No hay más salida
que una aceptar: aceptar nuestras condiciones." En otros
términos: aceptad un programa, que es el vuestro;
en compensación, os prometemos domar a la fiera que nos
ha dado el poder. ¡Pobres domadores!
Miliukov estaba asombrado. "No se molestaba en disimular
-recuerda Sujánov- su satisfacción y su agradable
sorpresa." Cuando los delegados del Soviet añadieron,
para darse importancia, que sus condiciones era "definitivas",
Miliukov incluso se enterneció y les alentó con
la frase siguiente: "Sí; escuchándoos, he pensado
en el gran paso de avance que ha dado el movimiento obrero desde
1905 para acá..." En este mismo tono de cocodrilo
cariñoso habría de hablar en Brest-Litovsk la diplomacia
de Hohenzolern con los delegados de la Rada ucraniana, rindiendo
homenaje a sus dotes de hombres de Estado, antes de tragárselos.
Si la burguesía no se tragó a la diplomacia soviética
no fue precisamente gracias a Sujánov ni por culpa de Miliukov.
La burguesía tomó el poder a espaldas del pueblo.
No tenía ningún punto de apoyo en las clases trabajadoras,
pero con el poder consiguió algo así como un punto
de apoyo de segunda mano: los mencheviques y los socialrevolucionarios,
elevados a las alturas por la masa, otorgaron un voto de confianza
a la burguesía. Si examinásemos esta operación
desde el punto de vista de la democracia formal, nos encontraremos
ante algo parecido a unas elecciones de segundo grado, en las
cuales los mencheviques y socialrevolucionarios desempeñan
el papel técnico de eslabón intermedio, esto es,
de compromisarios electores de kadetes. Examinada desde el punto
de vista político, no hay más remedio que reconocer
que los colaboracionistas burlaron la confianza de las masas llamando
al poder a aquellos contra los cuales habían sido elegidos.
Finalmente, desde un punto de vista más profundo, desde
el punto de vista social, la cuestión se plantea así:
los partidos pequeñoburgueses, que en las condiciones normales
se manifestaban con una jactancia y una suficiencia excepcionales,
exaltados a las cimas del poder, se asustaron de su propia inconsistencia
y se apresuraron a poner el timón en manos de los representantes
del capital. En este acto de postración se puso inmediatamente
de manifiesto la terrible inconsistencia de la nueva clase media
y su dependencia humillante con respecto a la gran burguesía.
Al darse cuenta, o solamente tener la sensación, de que
no podrían conservar el poder en sus manos durante mucho
tiempo, de que pronto tendrían que cederlo a derecha o
izquierda, los demócratas decidieron que era mejor adelantarse
a entregarlo hoy a los respetables liberales para no tener que
entregárselo mañana a los representantes extremos
del proletariado. Pero, aun así, el papel de los colaboracionistas
en toda su motivación social no deja de encerrar una felonía
para con las masas.
Al otorgar su confianza a los socialistas, los obreros y soldados
lo que hacían, sin saberlo, era despojarse del poder político.
Cuando se dieron cuenta de la realidad, se quedaron perplejos,
se inquietaron, pero no veían aún el modo de salir
de la situación creada. Sus propios representantes acudían
con argumentos contra los cuales no tenían una respuesta
preparada, pero que se hallaban en contradicción con sus
sentimientos e intenciones. Ya en el momento de la revolución
de Febrero las tendencias revolucionarias de las masas no coincidieron
en lo más mínimo con las tendencias colaboracionistas
de los partidos pequeñoburgueses. El proletariado y el
campesino votaban al menchevique y al socialrevolucionario, no
como a conciliadores, sino como a enemigos del zar, del terrateniente
y del capitalista. Pero al votarlos levantaban una barrera entre
ellos y los fines que perseguían. Ahora no podían
ya avanzar sin chocar con la muralla que habían levantado
y destruirla. Tal era el sorprendente quid pro quo que
se encerraba en las relaciones de clase puestas de manifiesto
por la revolución de Febrero.
A la paradoja fundamental de que hemos hablado vino a unirse en
seguida una paradoja suplementaria. Los liberales sólo
accedían a tomar el poder de manos de los socialistas,
a condición de que la monarquía se aviniera a recogerlo
de sus propias manos.
Al mismo tiempo, Guchkov y Chulguin, monárquico a quien
ya conocemos, se trasladaban a Pskov, para salvar la dinastía,
el problema de la monarquía constitucional se convertía
en el eje de las negociaciones entabladas entre los dos Comités
del palacio de Táurida. Miliukov trataba de persuadir a
los demócratas que le llevaban el poder en una bandeja
de plata de que los Romanov no podían ser ya peligrosos,
de que, aunque había que suprimir, naturalmente, a Nicolás
II, el zarevich Alexéiev, bajo la regencia de Mijail, podía
muy bien asegurar el bienestar del país: "El uno es
un niño enfermo y el otro es un hombre completamente estúpido."
He aquí la silueta del candidato a zar, trazada por el
monárquico liberal Schidlovski: "Mijail Alexandrovich
rehuía toda intervención en los asuntos del Estado
y vivía entregado de lleno a la equitación."
Asombrosa recomendación, sobre todo, para luchar ante las
masas. Después de la huida de Luis XVI a Varennes, Danton
proclamó en el club de los jacobinos que un imbécil
no podía ser rey. Los liberales rusos entendían,
por el contrario, que la imbecilidad del monarca sería
la mejor ofrenda para el régimen constitucional. Tratábase
ciertamente de un argumento para impresionar la psicología
de los bobos izquierdistas, pero tenía un carácter
demasiado tosco aun para la gente a quien se destinaba. En los
círculos liberales se decía que Mijail era un "anglófilo",
sin precisar si su anglofilia se refería a las carreras
de caballos o al parlamentarismo. Lo principal era conservar el
símbolo tradicional de poder, pues, de lo contrario, el
pueblo se imaginaría que no había poder alguno.
Los demócratas escuchaban, se sorprendían amablemente
y trataban de persuadir... ¿de que se proclamara la República?
No; de que no se resolviera la cuestión de antemano. El
tercer punto de las condiciones del Comité ejecutivo estaba
concebido así: "El gobierno provisional no debe dar
ningún paso que resuelva de antemano la forma de gobierno."
Miliukov planteó la cuestión de la monarquía
en forma de ultimátum. Los demócratas estaban desesperados.
Pero las masas acudieron en su auxilio. En los mítines
del palacio de Táurida, absolutamente nadie, no sólo
los obreros, sino ni siquiera los soldados, querían un
zar, y no había modo de imponérselo. Pero Miliukov
intentó nadar contra la corriente y salvar el trono y la
dinastía por encima de la cabeza de sus aliados de izquierda.
El mismo observa en su Historia de la Revolución
que el 2 de marzo, por la noche, la agitación producida
por la noticia de que se había dado la regencia a Mijail
"se intensificó considerablemente". Rodzianko
describe con mucho más relieve el efecto que las maniobras
monárquicas de los liberales producían entre las
masas. Tan pronto llegó de Pskov con el acta de abdicación
de Nicolás II en favor de Mijail, Guchkov, a petición
de los obreros, se dirigió desde la estación a los
talleres ferroviarios, dio cuenta de lo ocurrido y, después
de leer el acta de abdicación, grito: "¡Viva
el emperador Mijail!" El resultado fue inesperado. Según
cuenta Rodzianko, el orador fue inmediatamente detenido por los
obreros, los cuales, al parecer, le amenazaron incluso con fusilarle.
"Con gran trabajo, se consiguió libertarle con ayuda
de la compañía de servicio del regimiento más
próximo." Como siempre, Rodzianko incurre en exageración
en los detalles, pero lo sustancial del caso está descrito
de un modo fidedigno. El país había vomitado la
monarquía de un modo tan radical, que no había modo
de hacérsele tragar de nuevo. Las masas revolucionarias
no admitían ni tan siquiera la idea de un nuevo zar.
Ante semejante situación, los miembros del Comité
provisional fueron apartándose uno tras otro de Mijail,
no de un modo definitivo, sino "hasta la Asamblea constituyente;
entonces, ya veremos". Sólo Miliukov y Guchkov defendían
la monarquía a sangre y fuego y seguían condicionando
a este punto su entrada en el gobierno. ¿Qué hacer?
Los demócratas entendían que sin Miliukov no era
posible formar un gobierno burgués, y que sin gobierno
burgués era imposible salvar la revolución. Los
ruegos y los reproches fueron infinitos. En la sesión de
la mañana del 3 de marzo parecía que había
triunfado completamente en el Comité provisional el criterio
de la necesidad de "persuadir al gran duque de que abdicara";
es decir, ¡que le consideraban ya como zar! El kadete de
izquierda Nekrasov había llegado a redactar incluso un
proyecto de abdicación, pero como Miliukov seguía
firme en sus posiciones, después de nuevos y apasionados
debates, se votó por fin el siguiente acuerdo: "Ambas
partes motivarán ante el gran duque sus opiniones, y sin
entrar en discusiones ulteriores le confiarán la solución
a él mismo." De este modo, aquel "hombre completamente
imbécil", a quien el hermano mayor destronado por
la insurrección intentaba transmitir el trono, infringiendo
incluso la ley de sucesión dinástica, veíase
convertido inesperadamente en superárbrito de la forma
de gobierno de un país revolucionario. Por inverosímil
que parezca, esta reunión, en que debían decidirse
los destinos del Estado, se celebró. Con el fin de persuadir
al gran duque de que abandonara las cuadras para ocupar el trono,
Miliukov le aseguró que había la posibilidad absoluta
de reunir fuera de Petrogrado las fuerzas militares necesarias
para la defensa de sus derechos. En otros términos, Miliukov,
cuando apenas había tenido tiempo de recibir el poder de
las manos de los socialistas, elaboraba el plan de un golpe de
Estado monárquico. Después de oír los discursos
en pro y en contra, que no fueron pocos, el gran duque pidió
que se le diera el tiempo necesario para reflexionar. Después
de invitar a Rodzianko a pasar a otra habitación, Mijail
le preguntó a quemarropa: "¿Me garantizan los
nuevos gobernantes sólo la corona, o también la
cabeza?" El incomparable chambelán contestó
que lo único que podía prometer era morir a su lado
en caso de necesidad. Al pretendiente, esto no le convencía
en lo más mínimo. Después de su idilio con
Rodzianko, Mijail se presentó de nuevo ante los diputados
y declaró con "firmeza" que renunciaba al cargo
elevado, pero peligroso, para el que se le proponía. Entonces
Kerenski, que encarnaba en estas negociaciones la conciencia de
la democracia, se levantó solemnemente de la silla y dijo:
"¡Sois un noble, alteza!" Y juró que así
lo proclamaría por doquier. "El acto de Kerenski -comenta
secamente Miliukov- armonizaba mal con la prosa de la decisión
tomada." Hay que convenir en ello. La verdad es que el texto
de ese interludio no era para exaltarse. A lo que decíamos
más arriba acerca del sainete representado en el entreacto,
agregamos que la escena aparecía dividida en dos partes
por una mampara: en una, los revolucionarios rogaban a los liberales
que salvaran al revolución; en la otra, los liberales imploraban
a la monarquía que salvara al liberalismo.
Los representantes del Comité ejecutivo se sorprendían sinceramente de que un hombre tan ilustrado y perspicaz como Miliukov se obstinara tanto por una cosa como la monarquía y se declara incluso dispuesto a renunciar al poder si, como propina, no se le daba también a un Romanov. Pero el monarquismo de Miliukov no tenía nada de doctrinario ni de romántico; era, por el contrario, el fruto del cálculo de los propietarios atemorizados. En el carácter no disimulado de este miedo consistía su fatal debilidad. El historiador Miliukov podía apelar fundadamente al ejemplo de Mirabeau, jefe de la burguesía revolucionaria francesa, que tanto se había esforzado también, en su tiempo, por conciliar la revolución con el rey. Mirabeau obraba impulsado, como él, por el miedo de los propietarios por sus propiedades: era más prudente cubrirlas con el pabellón de la monarquía, del mismo modo que la monarquía se cubría en el pabellón de la Iglesia, que no dejarlas al descubierto. Pero en Francia, en 1789, la tradición de poder real estaba aún reconocida por el pueblo, sin hablar de que toda Europa era monárquica. Al apoyar al rey, la burguesía francesa no se divorciaba aún del pueblo; por lo menos, esgrimía contra él sus propios prejuicios. La situación, en la Rusia de 1917, era completamente distinta. Además de los naufragios y averías por que había pasado el régimen monárquico en los distintos países del mundo, la propia monarquía rusa había sufrido ya en 1905 desperfectos irreparables. Después del 9 de enero, el cura Gapón había lanzado su maldición contra el zar y su "raza de víboras". El Soviet de diputados obreros de 1905 se declaraba abiertamente republicano. Los sentimientos monárquicos de los campesinos, con los cuales la misma monarquía había contado durante mucho tiempo y con los cuales cubría la burguesía su monarquismo, no aparecía por ningún lado. La contrarrevolución armada que se levantó más tarde, empezando por Kornilov, repudiaba hipócritamente, pero por ello mismo de un modo más significativo, el poder del zar; ¡tan poco arraigado estaba el sentimiento monárquico en el pueblo! Sin embargo, la misma revolución de 1905, que hirió de muerte a la monarquía, privó para siempre de base a las inconsistentes tendencias republicanas de la burguesía "avanzada". Estos dos procesos se contradecían y se completaban al mismo tiempo. La burguesía, que ya desde las primeras horas de la revolución de Febrero tuvo la sensación de su naufragio, se agarraba a un clavo ardiendo. No necesitaba de la monarquía porque ésta fuera la fe que la unía con el pueblo; al contrario, la burguesía no podía ya oponer a las creencias del pueblo otra cosa que un fantasma coronado. Las clases "ilustradas" de Rusia entraron en la palestra de la revolución no como heraldos del Estado nacional, sino como mantenedores de las instituciones medievales. Como no tenían un punto de apoyo ni en el pueblo ni en sí mismos, lo buscaban fuera de ellas. Arquímedes se comprometía a levantar el mundo si le daban un punto de apoyo para su palanca, Miliukov, por el contrario, buscaba un punto de apoyo para evitar la transformación de la gran propiedad del suelo, y, al hacerlo, se sentía mucho más próximo a los generales zaristas más anquilosados y a los dignatarios de la Iglesia ortodoxa, que a aquellos demócratas caseros, cuya única preocupación era ganarse la confianza de los liberales. Impotente para quebrantar la revolución, Miliukov había decidido firmemente engañarla. Estaba dispuesto a tragarse muchas cosas: los derechos cívicos para los soldados, los municipios democráticos, la Asamblea constituyente, a condición de que se le diera el punto de apoyo de Arquímedes bajo la forma de la monarquía. Miliukov confiaba en convertir paso a paso la monarquía en un eje en torno al cual se reunieran los generales, la burocracia renovada, los príncipes de la Iglesia, los propietarios, todos los descontentos de la revolución , y crear poco a poco, empezando por el "símbolo", un verdadero freno monárquico real que fuese conteniendo a las masas, a medida que éstas se fueran cansando de la revolución. ¡Lo importante era ganar tiempo! Otro de los directores del partido kadete, Nabokov, explicaba posteriormente la ventaja capital que hubiera representado la aceptación de la corona por Mijail: "Habría quedado eliminada la cuestión fatal de la convocatoria de la Asamblea constituyente durante la guerra." Tengamos presente estas palabras: entre Febrero y Octubre, la lucha en torno a la fecha en que había de convocarse la Asamblea constituyente desempeña un papel considerable, con la particularidad de que los kadetes, al tiempo que negaban categóricamente su propósito de dar largas a la convocación de la representación popular, practicaban una política tenaz de aplazamientos. Desgraciadamente para ellos, sólo podían apoyarse para su política en sí mismos, no habiendo podido conseguir, al fin, el manto monárquico, que tanto anhelaban. Después de la deserción de Mijail, Miliukov no pudo ya agarrarse ni a un clavo ardiendo.