EL ARCHIVO MARX - ENGELS - ROSA - LENIN - TROTSKY - MAO - HO - CHE - WALLERSTEIN - EZLN
      DE LA RED VASCA ROJA EN ESPAÑOL Y EN INTERNET


      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 9. La paradoja de la revolución de Febrero, de la Historia de la Revolución Rusa.

      (viene de pg. anterior)

      En la insurrección participa de un modo directo la minoría de la clase revolucionaria, con la particularidad de que la fuerza de dicha minoría consiste en el apoyo o, por lo menos, en la simpatía que la mayoría le presta. La minoría activa y combativa impulsa hacia adelante inevitablemente, bajo el fuego del enemigo, a los elementos más revolucionarios y abnegados con que cuenta. Es natural que en los combates de febrero ocuparan los primeros puestos los obreros bolcheviques. Pero la situación cambia desde el momento del triunfo, cuando empieza a consolidarse políticamente. A las elecciones para cubrir los órganos e instituciones de la revolución triunfante se llama a masas incomparablemente más extensas que las que han combatido con las armas en la mano. Esto acontece no sólo en las elecciones de los órganos democráticos generales, como las dumas y los zemstvos, y más tarde la Asamblea constituyente, sino también con los de clase, como los soviets de diputados obreros. La mayoría aplastante de los obreros mecheviques, socialrevolucionarios y sin partido apoya a los bolcheviques en su acción directa contra el zarismo. Pero sólo a una pequeña minoría de ellos se le alcanzaban en qué residía la diferencia que separaba a los bolcheviques de los demás partidos socialistas. Al propio tiempo, los obreros todos establecían una línea de demarcación bien definida entre ellos y la burguesía. Esto determinó la situación política creada después del triunfo. Los obreros elegían a los socialistas, esto es, a aquellos que estaban no sólo contra el zarismo, sino también contra la burguesía, y, al obrar así, no establecían distinción alguna entre los tres partidos socialistas. Y como quiera que los mencheviques y los socialrevolucionarios disponían de cuadros intelectuales incomparablemente más considerables, que afluían a ellos de todos los lados y les facilitaban un número enorme de agitadores, las elecciones, incluso en las fábricas, daban una superioridad inmensa a estos grupos.

      El ejército ejercía su presión en el mismo sentido, pero con una fuerza incomparablemente mayor. Al quinto día de la insurrección, la guarnición de Petrogrado siguió a los obreros. Después del triunfo fue llamada a participar en las elecciones a los soviets. Los soldados elegían confiadamente al que estaba por la revolución, contra la oficialidad monárquica, y que sabía expresarlo bien: éstos resultaban ser los escribientes, los médicos, los jóvenes oficiales de la época de la guerra procedentes del campo intelectual, los pequeños funcionarios militares, es decir, el estrato inferior de la "nueva clase media". Casi todos ellos se inscribieron, a partir de marzo, en el partido de los socialistas revolucionarios, que por su ideología vaga era el que mejor respondía a la situación social intermedia y a la limitación política de estos elementos. Resultado de esto fue que la guarnición se revelase incomparablemente más moderada y burguesa que la masa de los soldados. Pero estos últimos no se daban cuenta de la diferencia, que pronto había de exteriorizarse en la experiencia de los meses próximos. Los obreros, por su parte, tendían a fundirse lo más estrechamente posible con los soldados, a fin de consolidar la alianza conquistada con la sangre y armar de un modo más sólido a la revolución. Y como en nombre del ejército hablaban principalmente los socialrevolucionarios de nuevo cuño, esto tenía que aumentar necesariamente a los ojos de los obreros el prestigio de dicho partido, a la par que el de sus aliados, los mencheviques. Así fue como surgió en los soviets el predominio de los partidos colaboracionistas. Baste decir que hasta en el soviet de la barriada de Viborg desempeñaron un papel preeminente en los primeros tiempos los obreros mencheviques. En aquel período, el bolchevismo latía aún sordamente en el subsuelo de la revolución. Los bolcheviques oficiales estaban representados aún en el soviet de Petrogrado por una minoría insignificante, que, además, no veía con absoluta claridad sus objetivos.

      Y he aquí cómo nació la paradoja de la revolución de Febrero. El poder se halla en manos de los socialdemócratas, que no se han adueñado de él por un golpe blanquista, sino por cesión franca y generosa de las masas triunfantes. Estas masas, que no sólo niegan la confianza y el apoyo a la burguesía, sino que la colocan casi en el mismo plano que a la nobleza y a la burocracia y sólo ponen sus armas a disposición de los soviets. Y la única preocupación de los socialistas, a quienes tan poco esfuerzo ha costado ponerse al frente de los soviets, está en saber si la burguesía políticamente aislada, odiada de las masas y hostil hasta la médula a la revolución, accederá a hacerse cargo del poder.

      Es necesario ganar su conformidad a toda costa, y como es evidente que la burguesía no puede renunciar al programa burgués, somos nosotros, los "socialistas", los que tenemos que abjurar de nuestro programa: correremos un velo de silencio sobre la monarquía, sobre la guerra, sobre la tierra, con tal de que la burguesía acepte el regalo del poder que le brindamos. Y al mismo tiempo que realizan esta operación, los "socialistas", como burlándose de sí mismos, siguen calificando a la burguesía de enemigo de clase. Guardando todas las formas rituales de los oficios religiosos, se comete un acto de sacrilegio provocativo. La lucha de clases llevada hasta su últimas consecuencias es la lucha por el poder. La característica de toda revolución consiste en llevar la lucha de clases hasta sus últimas consecuencias. La revolución no es más que la lucha directa por el poder. Sin embargo, lo que a nuestros "socialistas" les preocupa no es quitar el poder al llamado enemigo de clase, que no lo tiene en sus manos ni se puede adueñar de él con sus propias fuerzas, sino, al contrario, el entregárselo a toda costa. ¿Acaso no es esto una paradoja? Y esta paradoja tenía por fuerza que causar asombro; aún no se había dado la revolución alemana de 1918 y el mundo no era aún testigo de una grandiosa operación del mismo tipo, pero realizada con mucho más éxito por la "nueva clase media" acaudillada por la socialdemocracia germana.

      ¿Cómo explicaban su conducta los colaboracionistas? Uno de sus argumentos tenía un carácter doctrinario: puesto que la revolución es burguesa, los socialistas no deben comprometerse tomando el poder; que la misma burguesía responda por ella. Esto sonaba a incorruptibilidad. En realidad, era una máscara de intransigencia con que la pequeña burguesía quería encubrir su servilismo ante la fuerza de la riqueza y de la educación. Los pequeños burgueses consideraban que el derecho de la gran burguesía al poder era un derecho innato, independiente del balance de fuerzas sociales. El origen de esta actitud radicaba en ese movimiento casi instintivo que impulsa de la acera al arroyo para dejar pasar al barón de Rotschild. Los argumentos doctrinarios empleados no eran más que una especie de concesión con que se quería contrapesar la conciencia de la propia insignificancia. Dos meses después, cuando se vio que la burguesía no podía de ningún modo mantener con sus propias fuerzas el poder que le había sido regalado, los colaboracionistas arrojaron sin empacho por la borda sus prejuicios "socialistas" y entran en el Ministerio de coalición, no para sacar de él a la burguesía, sino, por el contrario, para salvarla; no contra su voluntad: en caso contrario, la burguesía amenazaba a los demócratas con arrojarles el poder a la cabeza.

      El segundo argumento que se esgrimía para justificar la renuncia al poder, sin ser más serio en el fondo, tenía un aspecto más práctico. Nuestro conocido Sujánov subrayaba en primer término la "dispersión" de la Rusia democrática: "En aquel entonces, la democracia no tenía en sus manos organizaciones de partido, sindicales o municipales más o menos consistentes e influyentes:" ¡Esto parece una burla! ¡Un socialista que habla en nombre de los soviets de obreros y soldados y no dice una palabra de ellos! Gracias a la tradición de 1905, los soviets brotaron como escupidos por la tierra y se convirtieron inmediatamente en una fuerza incomparablemente más poderosa que todas las demás organizaciones que después intentaron rivalizar con ellos (los municipios, las cooperativas y, en parte, los sindicatos). Por lo que se refiere a los campesinos, clase dispersa por naturaleza, gracias a la guerra y a la revolución aparecieron organizados como no lo habían estado nunca: la guerra aglutinaba a los campesinos en el ejército y daba a éste un carácter político. Más de ocho millones de campesinos estaban organizados en compañías y en escuadrones, que inmediatamente se crearon su representación revolucionaria, por mediación de la cual podían ser puestos en pie en cualquier momento a la primera llamada telefónica. ¡Tal era la "dispersión" proclamada por Sujánov!

      Podrá decirse que en el momento de resolver la cuestión del poder, la democracia no sabía aún cuál sería la actitud de las tropas del frente. No plantearemos la cuestión de saber si había el menor motivo fundado para temer o esperar que los soldados del frente, exhaustos por la guerra, apoyasen a la burguesía imperialista. Baste con decir que esta cuestión se resolvió plenamente en el transcurso de los dos o tres días próximos, que fueron precisamente empleados por los colaboracionistas para preparar entre bastidores un gobierno burgués. "El 3 de marzo, la revolución era un hecho consumado", dice Sujánov. A pesar de la adhesión del ejército en pleno a los soviets, los jefes de éstos rechazaban con todas sus fuerzas el poder, al que tenían tanto más miedo cuanto mayor era la intensidad con que se concentraba en sus manos.

      Pero, ¿por qué? ¿Por qué unos demócratas, unos "socialistas", que se apoyaban directamente en unas masas como jamás las ha conocido ninguna democracia en la historia, masas que contaban por añadidura con una experiencia considerable, disciplinadas y armadas, organizadas en soviets, por qué, repetimos, esta poderosa democracia, al parecer invencible, podía tenerle miedo al poder? Este enigma, aparentemente indescifrable, se explica por el hecho de que la democracia no tenía confianza en su propia base, la masa les inspiraba miedo. No creía en la consistencia de la confianza en sí misma, y lo que más temía era la "anarquía", esto es, que al tomar el poder se convirtiera, con éste, en un juguete de las llamadas fuerzas elementales desatadas. Dicho en otros términos, la democracia no se sentía llamada a dirigir al pueblo en el momento de su impulso revolucionario, sino que se consideraba el ala izquierda del orden burgués, un tentáculo de este orden burgués tendido hacia las masas. Si se titulaba "socialista", y aún se consideraba como tal, era para ocultar no sólo a las masas, sino a sí misma, su verdadera misión, y sin esta autosugestión es lo cierto que no habría podido cumplirla. Así se resuelve la fundamental paradoja de la revolución de Febrero.

      El primero de marzo por la tarde se presentaron en la reunión del Comité de la Duma los representantes del Comité ejecutivo Cheidse, Stieklov, Sujánov y otros, para examinar las condiciones en que los soviets podían apoyar al nuevo gobierno. Del programa de los demócratas quedaban totalmente excluidas las cuestiones relativas a la guerra, la república, la tierra, la jornada de ocho horas; todo se concretaba en una reivindicación: conceder libertad de propaganda a los partidos de izquierda. ¡Gran ejemplo de desinterés para los pueblos y los siglos el de estos socialistas, en cuyas manos se hallaba todo el poder de una nación y de los cuales dependía por entero el conceder o no la libertad de propaganda a los demás y que entregan el poder a sus "enemigos de clase" a condición de que estos últimos les garantice a ellos... la libertad de propaganda! Rodzianko no se atrevía a ir solo a Telégrafos, y decía a Cheidse y Sujánov: "El poder está en vuestras manos; nos podéis mandar detener a todos nosotros." Cheidse y Sujánov le contestan: "Tomad el poder, pero no nos detengáis porque hagamos propaganda." Cuando se estudian las negociaciones de los colaboracionistas con los liberales y, en general, todos los episodios de las relaciones mantenidas en aquellos días entre el ala derecha y el ala izquierda del palacio de Táurida, parece como si en la escena gigantesca en que se desarrolla el drama histórico del pueblo, una pesadilla de comediantes de la legua, aprovechándose de un rincón que queda libre, se dedicasen en un entreacto a representar un sainete vulgar en ropas menores.

      Los jefes de la burguesía -hagámosles justicia- no contaban con esto. Seguramente no hubieran temido tanto a la revolución si hubieran contado con esta política por parte de sus jefes. Ciertamente que, de creerlo, también se habrían equivocado, pero acompañando ya a éstos en la equivocación. Temiendo, a pesar de todo, que la burguesía no accedería a tomar el poder ni aun con las condiciones propuestas, Sujánov plantea un ultimátum amenazador: "Nosotros somos los únicos que podemos contener las fuerzas elementales desencadenadas... No hay más salida que una aceptar: aceptar nuestras condiciones." En otros términos: aceptad un programa, que es el vuestro; en compensación, os prometemos domar a la fiera que nos ha dado el poder. ¡Pobres domadores!

      Miliukov estaba asombrado. "No se molestaba en disimular -recuerda Sujánov- su satisfacción y su agradable sorpresa." Cuando los delegados del Soviet añadieron, para darse importancia, que sus condiciones era "definitivas", Miliukov incluso se enterneció y les alentó con la frase siguiente: "Sí; escuchándoos, he pensado en el gran paso de avance que ha dado el movimiento obrero desde 1905 para acá..." En este mismo tono de cocodrilo cariñoso habría de hablar en Brest-Litovsk la diplomacia de Hohenzolern con los delegados de la Rada ucraniana, rindiendo homenaje a sus dotes de hombres de Estado, antes de tragárselos. Si la burguesía no se tragó a la diplomacia soviética no fue precisamente gracias a Sujánov ni por culpa de Miliukov.

      La burguesía tomó el poder a espaldas del pueblo. No tenía ningún punto de apoyo en las clases trabajadoras, pero con el poder consiguió algo así como un punto de apoyo de segunda mano: los mencheviques y los socialrevolucionarios, elevados a las alturas por la masa, otorgaron un voto de confianza a la burguesía. Si examinásemos esta operación desde el punto de vista de la democracia formal, nos encontraremos ante algo parecido a unas elecciones de segundo grado, en las cuales los mencheviques y socialrevolucionarios desempeñan el papel técnico de eslabón intermedio, esto es, de compromisarios electores de kadetes. Examinada desde el punto de vista político, no hay más remedio que reconocer que los colaboracionistas burlaron la confianza de las masas llamando al poder a aquellos contra los cuales habían sido elegidos. Finalmente, desde un punto de vista más profundo, desde el punto de vista social, la cuestión se plantea así: los partidos pequeñoburgueses, que en las condiciones normales se manifestaban con una jactancia y una suficiencia excepcionales, exaltados a las cimas del poder, se asustaron de su propia inconsistencia y se apresuraron a poner el timón en manos de los representantes del capital. En este acto de postración se puso inmediatamente de manifiesto la terrible inconsistencia de la nueva clase media y su dependencia humillante con respecto a la gran burguesía. Al darse cuenta, o solamente tener la sensación, de que no podrían conservar el poder en sus manos durante mucho tiempo, de que pronto tendrían que cederlo a derecha o izquierda, los demócratas decidieron que era mejor adelantarse a entregarlo hoy a los respetables liberales para no tener que entregárselo mañana a los representantes extremos del proletariado. Pero, aun así, el papel de los colaboracionistas en toda su motivación social no deja de encerrar una felonía para con las masas.

      Al otorgar su confianza a los socialistas, los obreros y soldados lo que hacían, sin saberlo, era despojarse del poder político. Cuando se dieron cuenta de la realidad, se quedaron perplejos, se inquietaron, pero no veían aún el modo de salir de la situación creada. Sus propios representantes acudían con argumentos contra los cuales no tenían una respuesta preparada, pero que se hallaban en contradicción con sus sentimientos e intenciones. Ya en el momento de la revolución de Febrero las tendencias revolucionarias de las masas no coincidieron en lo más mínimo con las tendencias colaboracionistas de los partidos pequeñoburgueses. El proletariado y el campesino votaban al menchevique y al socialrevolucionario, no como a conciliadores, sino como a enemigos del zar, del terrateniente y del capitalista. Pero al votarlos levantaban una barrera entre ellos y los fines que perseguían. Ahora no podían ya avanzar sin chocar con la muralla que habían levantado y destruirla. Tal era el sorprendente quid pro quo que se encerraba en las relaciones de clase puestas de manifiesto por la revolución de Febrero.

      A la paradoja fundamental de que hemos hablado vino a unirse en seguida una paradoja suplementaria. Los liberales sólo accedían a tomar el poder de manos de los socialistas, a condición de que la monarquía se aviniera a recogerlo de sus propias manos.

      Al mismo tiempo, Guchkov y Chulguin, monárquico a quien ya conocemos, se trasladaban a Pskov, para salvar la dinastía, el problema de la monarquía constitucional se convertía en el eje de las negociaciones entabladas entre los dos Comités del palacio de Táurida. Miliukov trataba de persuadir a los demócratas que le llevaban el poder en una bandeja de plata de que los Romanov no podían ser ya peligrosos, de que, aunque había que suprimir, naturalmente, a Nicolás II, el zarevich Alexéiev, bajo la regencia de Mijail, podía muy bien asegurar el bienestar del país: "El uno es un niño enfermo y el otro es un hombre completamente estúpido." He aquí la silueta del candidato a zar, trazada por el monárquico liberal Schidlovski: "Mijail Alexandrovich rehuía toda intervención en los asuntos del Estado y vivía entregado de lleno a la equitación." Asombrosa recomendación, sobre todo, para luchar ante las masas. Después de la huida de Luis XVI a Varennes, Danton proclamó en el club de los jacobinos que un imbécil no podía ser rey. Los liberales rusos entendían, por el contrario, que la imbecilidad del monarca sería la mejor ofrenda para el régimen constitucional. Tratábase ciertamente de un argumento para impresionar la psicología de los bobos izquierdistas, pero tenía un carácter demasiado tosco aun para la gente a quien se destinaba. En los círculos liberales se decía que Mijail era un "anglófilo", sin precisar si su anglofilia se refería a las carreras de caballos o al parlamentarismo. Lo principal era conservar el símbolo tradicional de poder, pues, de lo contrario, el pueblo se imaginaría que no había poder alguno.

      Los demócratas escuchaban, se sorprendían amablemente y trataban de persuadir... ¿de que se proclamara la República? No; de que no se resolviera la cuestión de antemano. El tercer punto de las condiciones del Comité ejecutivo estaba concebido así: "El gobierno provisional no debe dar ningún paso que resuelva de antemano la forma de gobierno." Miliukov planteó la cuestión de la monarquía en forma de ultimátum. Los demócratas estaban desesperados. Pero las masas acudieron en su auxilio. En los mítines del palacio de Táurida, absolutamente nadie, no sólo los obreros, sino ni siquiera los soldados, querían un zar, y no había modo de imponérselo. Pero Miliukov intentó nadar contra la corriente y salvar el trono y la dinastía por encima de la cabeza de sus aliados de izquierda. El mismo observa en su Historia de la Revolución que el 2 de marzo, por la noche, la agitación producida por la noticia de que se había dado la regencia a Mijail "se intensificó considerablemente". Rodzianko describe con mucho más relieve el efecto que las maniobras monárquicas de los liberales producían entre las masas. Tan pronto llegó de Pskov con el acta de abdicación de Nicolás II en favor de Mijail, Guchkov, a petición de los obreros, se dirigió desde la estación a los talleres ferroviarios, dio cuenta de lo ocurrido y, después de leer el acta de abdicación, grito: "¡Viva el emperador Mijail!" El resultado fue inesperado. Según cuenta Rodzianko, el orador fue inmediatamente detenido por los obreros, los cuales, al parecer, le amenazaron incluso con fusilarle. "Con gran trabajo, se consiguió libertarle con ayuda de la compañía de servicio del regimiento más próximo." Como siempre, Rodzianko incurre en exageración en los detalles, pero lo sustancial del caso está descrito de un modo fidedigno. El país había vomitado la monarquía de un modo tan radical, que no había modo de hacérsele tragar de nuevo. Las masas revolucionarias no admitían ni tan siquiera la idea de un nuevo zar.

      Ante semejante situación, los miembros del Comité provisional fueron apartándose uno tras otro de Mijail, no de un modo definitivo, sino "hasta la Asamblea constituyente; entonces, ya veremos". Sólo Miliukov y Guchkov defendían la monarquía a sangre y fuego y seguían condicionando a este punto su entrada en el gobierno. ¿Qué hacer? Los demócratas entendían que sin Miliukov no era posible formar un gobierno burgués, y que sin gobierno burgués era imposible salvar la revolución. Los ruegos y los reproches fueron infinitos. En la sesión de la mañana del 3 de marzo parecía que había triunfado completamente en el Comité provisional el criterio de la necesidad de "persuadir al gran duque de que abdicara"; es decir, ¡que le consideraban ya como zar! El kadete de izquierda Nekrasov había llegado a redactar incluso un proyecto de abdicación, pero como Miliukov seguía firme en sus posiciones, después de nuevos y apasionados debates, se votó por fin el siguiente acuerdo: "Ambas partes motivarán ante el gran duque sus opiniones, y sin entrar en discusiones ulteriores le confiarán la solución a él mismo." De este modo, aquel "hombre completamente imbécil", a quien el hermano mayor destronado por la insurrección intentaba transmitir el trono, infringiendo incluso la ley de sucesión dinástica, veíase convertido inesperadamente en superárbrito de la forma de gobierno de un país revolucionario. Por inverosímil que parezca, esta reunión, en que debían decidirse los destinos del Estado, se celebró. Con el fin de persuadir al gran duque de que abandonara las cuadras para ocupar el trono, Miliukov le aseguró que había la posibilidad absoluta de reunir fuera de Petrogrado las fuerzas militares necesarias para la defensa de sus derechos. En otros términos, Miliukov, cuando apenas había tenido tiempo de recibir el poder de las manos de los socialistas, elaboraba el plan de un golpe de Estado monárquico. Después de oír los discursos en pro y en contra, que no fueron pocos, el gran duque pidió que se le diera el tiempo necesario para reflexionar. Después de invitar a Rodzianko a pasar a otra habitación, Mijail le preguntó a quemarropa: "¿Me garantizan los nuevos gobernantes sólo la corona, o también la cabeza?" El incomparable chambelán contestó que lo único que podía prometer era morir a su lado en caso de necesidad. Al pretendiente, esto no le convencía en lo más mínimo. Después de su idilio con Rodzianko, Mijail se presentó de nuevo ante los diputados y declaró con "firmeza" que renunciaba al cargo elevado, pero peligroso, para el que se le proponía. Entonces Kerenski, que encarnaba en estas negociaciones la conciencia de la democracia, se levantó solemnemente de la silla y dijo: "¡Sois un noble, alteza!" Y juró que así lo proclamaría por doquier. "El acto de Kerenski -comenta secamente Miliukov- armonizaba mal con la prosa de la decisión tomada." Hay que convenir en ello. La verdad es que el texto de ese interludio no era para exaltarse. A lo que decíamos más arriba acerca del sainete representado en el entreacto, agregamos que la escena aparecía dividida en dos partes por una mampara: en una, los revolucionarios rogaban a los liberales que salvaran al revolución; en la otra, los liberales imploraban a la monarquía que salvara al liberalismo.

      Los representantes del Comité ejecutivo se sorprendían sinceramente de que un hombre tan ilustrado y perspicaz como Miliukov se obstinara tanto por una cosa como la monarquía y se declara incluso dispuesto a renunciar al poder si, como propina, no se le daba también a un Romanov. Pero el monarquismo de Miliukov no tenía nada de doctrinario ni de romántico; era, por el contrario, el fruto del cálculo de los propietarios atemorizados. En el carácter no disimulado de este miedo consistía su fatal debilidad. El historiador Miliukov podía apelar fundadamente al ejemplo de Mirabeau, jefe de la burguesía revolucionaria francesa, que tanto se había esforzado también, en su tiempo, por conciliar la revolución con el rey. Mirabeau obraba impulsado, como él, por el miedo de los propietarios por sus propiedades: era más prudente cubrirlas con el pabellón de la monarquía, del mismo modo que la monarquía se cubría en el pabellón de la Iglesia, que no dejarlas al descubierto. Pero en Francia, en 1789, la tradición de poder real estaba aún reconocida por el pueblo, sin hablar de que toda Europa era monárquica. Al apoyar al rey, la burguesía francesa no se divorciaba aún del pueblo; por lo menos, esgrimía contra él sus propios prejuicios. La situación, en la Rusia de 1917, era completamente distinta. Además de los naufragios y averías por que había pasado el régimen monárquico en los distintos países del mundo, la propia monarquía rusa había sufrido ya en 1905 desperfectos irreparables. Después del 9 de enero, el cura Gapón había lanzado su maldición contra el zar y su "raza de víboras". El Soviet de diputados obreros de 1905 se declaraba abiertamente republicano. Los sentimientos monárquicos de los campesinos, con los cuales la misma monarquía había contado durante mucho tiempo y con los cuales cubría la burguesía su monarquismo, no aparecía por ningún lado. La contrarrevolución armada que se levantó más tarde, empezando por Kornilov, repudiaba hipócritamente, pero por ello mismo de un modo más significativo, el poder del zar; ¡tan poco arraigado estaba el sentimiento monárquico en el pueblo! Sin embargo, la misma revolución de 1905, que hirió de muerte a la monarquía, privó para siempre de base a las inconsistentes tendencias republicanas de la burguesía "avanzada". Estos dos procesos se contradecían y se completaban al mismo tiempo. La burguesía, que ya desde las primeras horas de la revolución de Febrero tuvo la sensación de su naufragio, se agarraba a un clavo ardiendo. No necesitaba de la monarquía porque ésta fuera la fe que la unía con el pueblo; al contrario, la burguesía no podía ya oponer a las creencias del pueblo otra cosa que un fantasma coronado. Las clases "ilustradas" de Rusia entraron en la palestra de la revolución no como heraldos del Estado nacional, sino como mantenedores de las instituciones medievales. Como no tenían un punto de apoyo ni en el pueblo ni en sí mismos, lo buscaban fuera de ellas. Arquímedes se comprometía a levantar el mundo si le daban un punto de apoyo para su palanca, Miliukov, por el contrario, buscaba un punto de apoyo para evitar la transformación de la gran propiedad del suelo, y, al hacerlo, se sentía mucho más próximo a los generales zaristas más anquilosados y a los dignatarios de la Iglesia ortodoxa, que a aquellos demócratas caseros, cuya única preocupación era ganarse la confianza de los liberales. Impotente para quebrantar la revolución, Miliukov había decidido firmemente engañarla. Estaba dispuesto a tragarse muchas cosas: los derechos cívicos para los soldados, los municipios democráticos, la Asamblea constituyente, a condición de que se le diera el punto de apoyo de Arquímedes bajo la forma de la monarquía. Miliukov confiaba en convertir paso a paso la monarquía en un eje en torno al cual se reunieran los generales, la burocracia renovada, los príncipes de la Iglesia, los propietarios, todos los descontentos de la revolución , y crear poco a poco, empezando por el "símbolo", un verdadero freno monárquico real que fuese conteniendo a las masas, a medida que éstas se fueran cansando de la revolución. ¡Lo importante era ganar tiempo! Otro de los directores del partido kadete, Nabokov, explicaba posteriormente la ventaja capital que hubiera representado la aceptación de la corona por Mijail: "Habría quedado eliminada la cuestión fatal de la convocatoria de la Asamblea constituyente durante la guerra." Tengamos presente estas palabras: entre Febrero y Octubre, la lucha en torno a la fecha en que había de convocarse la Asamblea constituyente desempeña un papel considerable, con la particularidad de que los kadetes, al tiempo que negaban categóricamente su propósito de dar largas a la convocación de la representación popular, practicaban una política tenaz de aplazamientos. Desgraciadamente para ellos, sólo podían apoyarse para su política en sí mismos, no habiendo podido conseguir, al fin, el manto monárquico, que tanto anhelaban. Después de la deserción de Mijail, Miliukov no pudo ya agarrarse ni a un clavo ardiendo.

      Capítulo 10. El nuevo Poder

      El archivo Marx - Engels - Rosa - Lenin - Mao - Ho - Che - Wallerstein - EZLN a la página principal